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Mensaje por Matthew J. Blackwood el Vie Jun 20, 2014 3:20 pm



Ya solo faltaba un par de días para que comenzara el año escolar y se hacía notar no tan solo en la disminución de la temperatura o por el cómo las hojas se iban destiñendo para dar paso a los típicos colores otoñales, sino que también en el ambiente; por esos días el callejón Diagon se había llenado de alumnos comprando útiles y libros a último momento, de críos felices corriendo de lado a lado, maravillándose en su primera visita al callejón mágico y tropezándose de vez en cuando el uno con el otro, mientras sus padres, desesperados, pero a la vez tan emocionados como ellos, intentaban seguirle el ritmo, aunque aquello parecía imposible, por no decir de lleno que lo era. Matt, como se le había vuelto costumbre, se encontraba caminando a solas por aquellas calles, con las manos refugiadas en sus bolsillos, aquel aire de grandeza y despreocupación que tanto le caracterizaba, no fijándose en demasía en nadie, no deteniéndose más de la cuenta en ningún lugar. Simplemente caminaba, giraba y continuaba caminando. Así buscaba pasar los pocos días que quedaban, los libros ya no lo distraían lo suficiente, la bebida ya no era tan divertida por aquellos días... simplemente quería volver a aquel castillo al cual considera más que un hogar, aquel castillo que añora, aquel castillo que tantas victorias y alegrías le ha traído. Estar allí era lo más parecido para él a Hogwarts, por eso pasaba horas y horas caminando sin rumbo, sin realizar compra alguna; simplemente lo hacía porque se sentía como en casa.

Aún por su mente se presentaban recuerdos del encuentro que había tenido con Gy hace un par de días, la forma en la cual se había comportado, la facilidad con la cual la chica había logrado sacarlo de sus casillas. No volvería a pasar, se repetía una y otra vez el moreno, aunque en el fondo no estaba tan seguro de que llegase a ser así. Desde aquel día había evitado la heladería, no quería encontrarse de frente con la elfa que atendía el lugar y le cobraba aún más por los gastos del destrozo que habían causado. El ojiazul se detuvo ante el sonido de vasos chocar el uno con el otro, un par de risas y uno que otro grito, giró el rostro, observando de soslayo por la ventana que daba directo a la barra del caldero chorreante; dudó unos segundos, pero al final se decidió por entrar, una cerveza de mantequilla le vendría bien para matar el tiempo. El lugar estaba abarrotado, las mesas de madera estaban en su mayoría ocupadas y completamente empapadas por los charcos de cerveza y whisky que se juntaba de salud en salud. El Slytherin avanzó entre la multitud hasta llegar a la barra, en donde la bebida no se hizo esperar; la cogió en las manos y le dio un largo trago, para girar y comenzar a fijarse en cada rincón del caldero, en busca de algún sitio vacío para sentarse. Hasta que su mirada se fijó en una melena conocida. El moreno sonrió casi por instinto.

De un empujón en la barra se puso en marcha, directo hacia la pelirroja que yacía sola en el lugar. Sin esperar invitación alguna se sentó frente a ella, dejando el jarro sobre la mesa - Existen dos opciones... la primera es que realmente el destino quiere juntarnos para que te convenzas, la segunda, la cuál es en la que más confío, es que tienes cierta obsesión hacia mi persona y estás siguiendo mis pasos - Sonrió levemente, con ella no hacían falta presentaciones, comentarios sarcásticos o mal intencionados. Para Matt la pelirroja era algo parecido a un desafío personal, veía algo especial en ella, sabía que podía conseguir algo bueno allí y no descansaría hasta lograrlo. Ella provenía de una familia pura, de buen apellido, con buena crianza y costumbres... no podía perder un aliado así, menos aún en estos tiempos, todo buen elemento sumaba, sobretodo si aquello ayudaba al moreno a conseguir sus objetivos, lo que quería, el poder suficiente - ¿Y bien?, ¿las vacaciones te han hecho entrar en razón o tengo que seguir intentándolo a lo largo del año? - Y es que con ella era distinto que con el resto, con ella si tenía paciencia, a ella si podía soportarle sus caprichos de vez en cuando, aunque también, más de alguna vez se le ha pasado la mano más de la cuenta en intentar hacerle entrar en razón. ¿El por qué de aquello?, no lo sabía con exactitud, solo sabía que el moreno jamás se da por vencido y con ella no será la excepción.

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Mensaje por Brid P. McLaughlin el Sáb Jun 21, 2014 3:32 am



Parecía que, lo que iba a ser una tarde de abuela-nieta, se había truncado un poco. Mourenn había recibido la invitación para ir al bingo con unas amigas que aún vivían en Londres, y no había podido negarse. Bríd, por su parte, se abstuvo. Su concepto de tarde perfecta no incluía señoras gritonas y salas llenas de ellas, repletas de ellas, que terminarían usando los rotuladores de tachar los números como floretes de esgrima cuando una de ellas cantara el bingo. Aún así, la pelirroja tenía mucha suerte en ese tipo de juegos de azar; como siempre repetía la abuela, a los siete años costeó una muñeca de porcelana después de desplumar a todas las señoras en una timba improvisada, cantando tres cartones seguidos. Pero, no, pasear sola se planteaba para ella como una mejor alternativa. Ese tipo de soledad no era un problema para ella, acostumbrada desde siempre a ser la única niña en un mundo de adultos. Siempre jugó sola, paseó sola después de comer, o montaba en bici sin ninguna compañía. Tampoco necesitaba a nadie más que ella misma, y su imaginación.

Estaba pensando, en aquel momento, en todos esos objetos que llevaban días dentro de su baúl. No quería olvidarse nada, preferiría no tener que importunar a su abuela pidiéndole que le mandara cosas por correo, cosas que ella debería haber tenido el cuidado de guardar en su momento. Repasaba mentalmente todas esas cosas que ya estaban listas para el que sería el mejor momento del año, o uno de los mejores. Regresar a Hogwarts siempre era una alegría, a pesar de que a ella le gustase estar en casa. La Sala Común de Ravenclaw se había convertido en un refugio, prácticamente como cada rincón de aquel castillo. Clavó un codo en la mesa, distraídamente, para dejar caer la barbilla en la palma de la mano. Enseguida se arrepintió, pues la fina tela de su rebeca de punto entró en contacto con la mugre de la mesa, húmeda y pegajosa. —Puaj.— Arrugó la nariz, llena de pecas, en una mueca de delataba asco puro y duro. Prefirió no corregir la postura, el daño ya estaba hecho.

Lo vio caminar hacia ella, abriendose paso entre la multitud. Por un momento, no pensó que fuera a sentarse a su mesa, pero lo hizo. Alzó las cejas, mientras una sonrisa amplia se pintaba en su rostro. —Yo también me alegro de verte, Matt.— Saludó, de forma cortés, haciendo caso omiso a su primer comentario. El Slytherin nunca tiraba la toalla, y esa era una cualidad digna de admiración. Pero, en su caso, no recogería ninguna victoria. —¿Cómo no seguirte? Sabes que soy una fiel adepta a tus enseñanzas.— La sonrisa seguía ahí, intacta, aunque ambos sabían que no hablaba en serio. Ahora sí, e irguió en el asiento, arqueando la espalda para desentumecer las vertebras, y echó una ojeada a su vaso. Vacío. Así que, ni corta ni perezosa, echó mano de la jarra que el chico había dejado sobre la mesa y dio un trago corto, para devolvérsela después. —¡Pero si te encanta perseguirme con tus ideas de la edad de piedra!— Acusó, señalándolo con un dedo. —He estado pensando, y creo que este año debería ser al revés, por cambiar un poco.¡— Se ayudó de las manos para apartarse el pelo rojo de los hombros. —Yo podría intentar hacerte ver que los muggles son geniales.— Ensanchó la sonrisa, sabiendo que aquella frase incluso haría daño en los oídos del purista. Refregó las manos sobre los vaqueros, intentando evitar la sensación de suciedad.

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Mensaje por Matthew J. Blackwood el Mar Jun 24, 2014 11:48 am



El lugar era un asco, los gestos y acciones de la pelirroja se lo confirmaban, pero a él no le sorprendía, hasta gracia llegaba a causarle aquello. Aquella clase, aquella forma en que erguía su cuerpo, altiva, en cómo sus movimientos era fluidos, gráciles y delicados, no eran más que otra prueba de su pureza. Aunque el tiempo se haya encargado de hacerle ver a los muggles como un ser mágico más, a causa de la pérdida de sus padres, en el fondo, muy en el fondo, el moreno sabía que allí dentro aún habitaba una purista, hecha y derecha, dispuesta a salir radiante a defender los ideales que toda familia mágica debe defender. Solo hacía falta un pequeño empujón y allí es donde entraba el Slytherin. Alzó su mano y el camarero llegó hasta su mesa; su pelo se veía sudado, sus ojos cansados, sus manos nerviosas por tanta clientela en esos días; exhibía un mantel cubriendo su cintura que se encontraba tan sucio como las mesas. El moreno arrugó la nariz al verle, buscando respirar lo menos posible junto a aquel sujeto, que de seguro llevaría un par de días, si es que no semanas, sin ducharse - Una cerveza para la dama - La replica no se hizo esperar, el camarero como si de una carrera se tratase saltó sobre sus talones y entre un tras pie y otro logró mantener el equilibrio para avanzar con rapidez hacia la barra, en busca del pedido. Quizás era por el gentío que debía hacer las cosas rápidas, pero el moreno prefería pensar en que sabía quién era, conocía su apellido y sabía las consecuencias que tendría si no era atendido como correspondía.

El ojiazul también se irguió y dejó caer su espalda contra el respaldo de la mesa, buscando evitar el contacto con la pegajosa mesa - Me encanta perseguirte tanto como a ti te encanta que lo haga, somos la pareja perfecta, ¿no te parece? - Ironizó, pero en un tono agradable, no buscando la confrontación, raro en él - En los viejos tiempos todo era mejor, ya sabes, castillos, honor, reyes, príncipes y princesas... todas las crías sueñan con eso - Si, estaba insinuándole que muchas veces la veía de esa forma, como una cría. Las próximas palabras que salieron de sus gruesos labios no hicieron más que hacer soltar una carcajada el moreno. ¿Acaso estaba hablando en serio?, ¿no le bastaba ya todos estos años para conocer bien al Slytherin?, jamás aceptará a los muggles como tal, aunque es verdad, muchas veces se le ha dificultado con ciertas personas, sobre todo mestizas. Pero al fin y al cabo esas confusiones terminaban en nada. Su familia era purista, su casa era purista, su fundador era purista, su círculo es purista, él es purista y lo seguirá siendo, siempre. Así se crió, así se entrenó y así morirá. No botará todos aquellos años por la borda, claro que no - Me encantaría ver como lo intentas, mi cara de satisfacción al ver aquella frustración en la tuya sería un recuerdo digno de enmarcar en algún lugar especial - En esos momentos el camarero llegó, dejando con apuro el vaso frente a la pecosa, realizando una pequeña reverencia con la cabeza y desapareciendo nuevamente entre las mesas y griteríos que se producían por todo el caldero. Al parecer la mayoría ya estaba lo suficientemente borracho para preocuparse de los decibelios que alcanzaban sus conversaciones. El moreno los observó con hastío un segundo y volvió a fijarse en la mirada de su acompañante - Vamos, Brid, date una oportunidad a ti misma, te aseguro que no te arrepentirás - Esta vez los ojos del moreno dejaron de ser fríos y opacos por un segundo, para darle un destello vivo a aquel color azul profundo que exhibían. La quería a su lado y lo conseguiría.

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Mensaje por Brid P. McLaughlin el Dom Jul 06, 2014 5:02 pm


No conseguía entender (¡Y lo había intentado un montón de infructíferas veces!), como Matthew seguía viendo en ella todas esas cualidades, que claramente no existían. Bríd no se consideraba muggle, ni descendiente de los mismos, ni nada por el estilo. Tampoco se consideraba pura, a pesar de que por sus venas no corría ni una sola gota de sangre no mágica; sencillamente, consideraba que todas las personas de la tierra eran solo eso, personas. No le gustaban las divisiones en clase, como si todos los seres humanos no fueran más que  ganado siguiendo un redil. Tú eres apto, tú no lo eres. Parecía un juego ilógico de niños, ¿quién era el encargado de decidir, de poner los canones? No iba a impedirle al moreno que siguiese intentándolo, si de verdad era una cosa importante para él. Pero debería tener claro, desde hacía mucho tiempo, que no podría hacer cambiar a la Ravenclaw de parecer. Por eso mismo, para serle fiel a sus principios, intentó reprimir la mueca de asco que tentó con alojarse en su pecoso rostro. No podía juzgar al hombre por su falta de higiene, a pesar de que esta era tan notoria como desagradable. Prefirió no mirarlo, intentando esquivar así el sentimiento de culpa por su actitud no manifestada, y dedicó una pequeña sonrisa a su interlocutor. —Gracias.

Se llevó el vaso a los labios, rezando en su fuero interno por que al menos sí que fregasen la vajilla entre uso y uso. Volvió a instalar la sonrisa, en lo que dejaba caer la pieza de cristal tosco sobre la mesa. A su abuela no le hubiese gustado; ella, fiel amante de las tazas, rechazaba cualquier recipiente sin asa. —¿Nunca te cansas? Porque yo, a veces, sí que lo hago. Me cuesta demasiado esfuerzo ser cabezota, energía que podría emplear en otra cosa con más provecho.— Explicó, mas le parecía un acto inútil. Matt no entraría en razón, no cedería, al igual que ella tampoco lo haría nunca. —Entonces, es una pena que yo no sea ese tipo de cría.— No iba a defenderse de lo que había sido un disparo en las sombras. Muy sutil. Bríd estaba más que acostumbrada a que todos la viesen como una niña, a pesar de que era infinitamente más madura que todos las que tenían esa percepción de ella. Juntos. Rodó los ojos, sacudiendo negativamente la cabeza. El gesto provocó que la maraña de pelo rojo le tapase momentanamente la cara, aunque lo solventó apartándolo con las manos. Por supuesto, no puso mucho atención en aquello, había tirado la toalla muchos años atrás en relación a presentar un aspecto regio. —No voy a perder mi tiempo en eso, pues no puedo hacer que lo veas si te empeñas en mantener los ojos cerrados. — Ahora sí que no pudo evitar que se notase el pesar que sentía. A sus ojos, Matt era un gran tipo. Si solo pudiese entender que la sangre no era más importante que el color del cabello... Verdaderamente parecía encantado con la idea, como si acabase de proponerle un plan fantástico que ella no quisiese aceptar por algún tipo de excusa tonta. Pero no era un juego, sino algo mucho más contundente. —¿Por qué parece que te encantaría la idea? No tengo que darme ninguna oportunidad en ese sentido, tú y yo no estamos hechos de la misma pasta. — Aunque, en esencia, no fuese del todo cierto. Desvió la mirada para mirar al camarero, que se acercaba con su copa. Alzó las comisuras, como simple agradecimiento, mientras observaba cómo se alejaba. ¿Cómo decide uno que quiere dedicarse a eso? 
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Mensaje por Matthew J. Blackwood el Dom Jul 06, 2014 6:34 pm



La mente de Matthew no pudo evitar perderse por un momento, divagando en diversos recuerdos que se le venían a su mente en aquel minuto. Desde que tenía uso de razón el purismo había sido su día a día y desde que conocía a la Ravenclaw se lo ha intentado transmitir. No sabía el por qué, por qué con ella era diferente, porque buscaba hacerla cambiar, creer, que se uniera en él. No tenía una razón específica, solamente las cosas eran así. Quizás era por la elegancia de sus movimientos, por la indudable inteligencia de la chica, quizás por la importancia de su apellido o quizás únicamente era un capricho del moreno por la belleza de la chica. Simplemente la quería, la quería a su lado y no se rendiría, jamás lo hacía. La palabra derrota jamás ha tenido cabida en su vocabulario y esta no sería la ocasión - Todos en algún momento nos cansamos, pero es allí en donde tenemos que ser más fuertes e insistir, eso diferencia a un hombre exitoso de uno mediocre - La seguridad que exhibía el moreno en cada movimiento, en cada palabra era desbordante. Así había crecido, criado bajo el brazo de la soberbia y el egocentrismo que toda familia de alta alcurnia debe poseer. Si, se creía mejor que el resto y no buscaba escusas para ocultarlo. Él simplemente era así, le gustase a quién le gustase. Así había conseguido todo lo que quería, así, con esa mentalidad, no temía enfrentar el día a día, por muy difícil que pareciera. Él era un ganador y lo demostraba en cada segundo.

Cogió el jarro entre sus manos y lo alzó por un momento, agitando el líquido en le interior de este antes de darle el trago. La réplica a su pequeño ataque no se hizo esperar y él sabía a la perfección que sería así. Brid no callaba nada, no se dejaba pasar a llevar y eso le gustaba en demasía al Slytherin, las mujeres con carácter e inteligencia eran algo muy difícil de encontrar por esos días. Aunque ella insistiese en que no era una cría, él no podía evitar mirarle como tal; a pesar de tener la misma edad y demostrar en más de una ocasión cuán madura puede llegar a ser en las charlas que a menudo tenían, el tamaño de su cuerpo y los dejos de niña que aún exhibía en su pecoso rostro le hacían al moreno verle de aquella manera, quizás equivocada, pero la verdad es que no le interesaba mucho cambiar aquella visión sobre ella, hasta se le hacía más interesante verle así - Entonces, ¿qué tipo de cría eres? - Arqueó una ceja y dejó escapar una ligera sonrisa, sabía perfectamente que frases así no le ayudarían en absoluto a conseguir su objetivo, aunque la verdad muchas veces era imposible guardarse ciertas comentarios venenosos - Te equivocas, mis ojos, a diferencia de la mayoría de mis compañeros, están siempre abiertos, atentos, interesados... - Se abalanzó levemente sobre la mesa, acercándose más a su acompañante, ignorando por un momento el asco que le producía la mesa de madera frente a él - El conocimiento es una herramienta que me encanta usar a mi favor, por eso mientras más observo, más aprendo... - Y mientras más aprende, más peligroso se vuelve - No me molestaría en lo absoluto que intentases enseñarme el mundo de la forma en que lo ven tus ojos; que me convenza así como lo has hecho tú... ya es un tema aparte - Y se mantuvo un momento allí, en silencio, analizando por enésima vez las delicadas facciones de su acompañante. Algo tenían que le llamaban la atención, que siempre lo han hecho. La pecosa era más que un rostro elegante, era la esencia de la raza mágica pura, tan pura como lo era él mismo y su sangre.

Finalmente volvió a alejarse, sacudiendo con algo de hastío su túnica al darse cuenta de que hace unos segundos podría haber rozado aquella suciedad. Buscó nuevamente su jarro, dejándolo casi hasta la mitad. La verdad no soportaba quedarse allí por mucho tiempo, jamás le ha gustado la suciedad y jamás se había acostumbrado a ella. Lo de él era la clase, siempre lo ha sido, por algo tiene el dinero suficiente para darse todo los tipos de lujo que él quiera - Porque realmente me encantaría la idea, si no fuera así, ¿crees que lo seguiría intentando? - Porque sí, ya parecía algún tipo de chiste aquello, si el moreno continuaba se sumaría otro año a aquel juego de tira y afloja, de convencer y tentar. ¿Desde cuando llevaba haciendo aquello?, no lo recordaba con exactitud, pero si sabía que ya eran un buen par de años - Creo que ahí te equivocas... tú y yo somos bastante parecidos, lástima que no quieras darte cuenta de aquello - Y se demostraba, simplemente se hacía en las actitudes que tomaba la pelirroja por acto reflejo ante la mugre del lugar, la incomodidad que sintió al sentir al camarero acercarse, la elegancia de sus movimientos. Por algo, a pesar de todos esos años, seguían charlando y convenciéndose el uno y el otro. Si no eran parecidos, algo tenían en común, algo que los unía de cierta manera - Dime algo, Brid, ¿jamás has dudado?, ¿jamás lo que te he dicho se ha quedado dando vueltas en tu cabeza por un buen tiempo?, ¿jamás han pensado que quizás... tenga razón? - Arqueó una ceja, alejando toda sonrisa de su rostro - Alguna vez... ¿has pensado que estás en el bando equivocado? - Y aquello lo decía con seriedad, sabía que aquel año sería especial, distinto a los demás. Aquel año las muertes, torturas y secuestros se volverían aún más comunes que antes. Aquel año se destapaba todo y los caballeros de walpurgis eran los suficientes para hacer padecer a todo aquel que no estuviese de acuerdo con ellos. Tenían al mago más poderoso de la historia de su lado, ¿cómo podrían ser derrotados?. Matt temía, pero no temía por él, sino por ella. En el fondo, aunque haga gala de su falta de sentimientos... el Slytherin no quería que nada le sucediera a la pelirroja.



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Mensaje por Brid P. McLaughlin el Vie Jul 11, 2014 1:31 pm



Una mente como la de Brid, tan despierta y tan curiosa, no podía pasar por alto las capacidades del Slytherin. Era asombroso lo elocuente que parecía todo si salía de la boca de Blackwood. La lucidez, la inteligencia que parecía reinar en el ofidio, como si una vez más el sombrero se hubiese equivocado de casa; pero no, a pesar de ser lógico y frío, nuevamente la ambición había ganado el pulso contra la inteligencia. Y no era que los verdes no fueran inteligentes, ni que los azules no fueran ambiciosos. La diferencia la marcaba el hecho de que un hijo de Rowena sabía cuándo era el momento justo de tirar la toalla, de darse por vencido y dedicar sus esfuerzos a una empresa más fructífera. Mientras que los descendientes del hablante de pársel eran capaces, a su vez, de darse de bruces una y mil veces contra la misma pared si estaban seguros de que el choque les reportaría algún beneficio. La pelirroja admiraba su tesón, sí, pero no podía permitirse el lujo de hundirse en los encantos del moreno, en la persuasión de su ojos azules, en la zalamería que destilaba su lengua viperina en cada una de esas palabras tan cuidadosa e inteligentemente elegidas. Aunque, eso sí, la chica admiraba el hecho de que él casi era capaz de jugar con su mente, de arrastrarla hasta el más precipicio de las dudas. Casi.Nadie habló nunca de la fuerza como atributo de los de tu casa.— Ni que decir tiene que no era un reproche, ni una regañina. Nada más allá de una simple observación, tan austera y objetiva como su frialdad le permitía. Ese hielo que lograba alcanzar en momentos determinados, menos veces de las que le gustaría.

No buscaba crear una imagen de sí misma diferente a la que él ya pudiera tener de ella. Sabía que nada en sí misma invitaba a verla como una mujer más que como una niña, y no tenía intención de domar su pelo, pintar sus labios o acortar su falda para distorsionar las percepciones hacia su persona. No estaba interesada en hacerse ver de aquella forma, ni por él ni por nadie. Aunque tenía que reconocerle al chico el hecho de que, a medida que sus conversaciones avanzaban, la manera de pensar de la pecosa se iba helando, como si en vez de una conversación mantuvieran un pulso de intelectos desmesuradamente interesante. Dejaba de pensar como una niña distraída, para ser solo una mente moviendo sus piezas de la mejor forma que podía. Matthew Blackwood sacaba a relucir todas esas aristas que el Sombrero había visto en ella seis años atrás, y eso la asustaba en la misma medida que lograba atraerla. —Una que no está interesada en que ningún príncipe purista la lleve por lo que él considera el camino correcto.—  Mantuvo una sonrisa cóncava, sincera aunque expectante. No se cansaba de indagar en la caja de Pandora que el muchacho representaba para ella. —Entonces, no entiendo como no has aprendido ya que no me interesa tu ideología tan extremista como ilógica.— La diversión seguía colgando de su entonación, como siempre en su voz sosegada, pero el infantilismo se había esfumado de golpe y porrazo, marcando su postura erguida y dejando caer sobre ella de golpe algunos años de más. No se apartó cuando él decidió acortar las distancias. La ferocidad del muchacho no la asustaba, nada más lejos, sino que la invitaba a zambullirse de lleno en la boca del lobo.

Pasó la yema del dedo por el borde de su vaso, pero aún no bebió. Estaba ocupada intentando digerir cada palabra que escuchaba, enriqueciéndose de la energía de su acompañante pero sin sintetizarla en el propio cuerpo, sin dejarse llevar por las ideas que él intentaba venderle. —¿Por qué? ¿Qué es lo que te interesa de mi? De verdad quiero saber por qué tantas molestias, por qué no puedes simplemente dejarlo pasar.— ¿No había tenido suficientes negativas ya? ¿Qué tenía ella que pudiese ayudar a su causa, si había sido criada por una anciana que hacía años había elegido rodearse de muggles, igual que otras se rodean de gatos? Sacudió la cabeza, recriminándose a sí misma haber hecho esa comparación tan fuera de lugar. —No encuentro ningún parecido de esos que a ti te gustarían. Salvo que somos personas, al igual que todos esos cuyos padres no saben usar una varita.— Volvió a la carga, negándose en rotundo a dar su brazo a torcer. Ladeó la cabeza, sopesando bien la última pregunta antes de contestar. —Sería una necia si no hubiese pensado en lo que dices. No dudo sobre mi lógica o mis convicciones, eso nunca. — Añadió, porque sabía que no estaba equivocada. —Pero he pensado muchas veces en cómo una mente como la tuya, tan fría y tan inteligente, puede obsesionarse con una idea tan anticuada y poco pragmática como la defensa del purismo por sobre todas las cosas.— Se encogió de hombros,  justo antes de morderse el labio al darse cuenta de que empezaba a hablar como si tuviese varias décadas más de edad. —No creo que haya un bando correcto y otro equivocado. Solo dos maneras de pensar, y una de ellas es una fe ciega que hace daño a los demás tanto como a los que la profesan.— Nuevamente, ahí estaba. La Brid de un millón de años que no podía apartar la vista de la intensidad clara de los ojos de Matt. —¿Qué les pasará, según tú, a los que tomen el camino equivocado?— La curiosidad pesaba más que cualquier otra cosa; la necesidad de entender cómo funcionaban los pensamientos dentro de la cabeza del muchacho. Y así, quizá, llegar a comprender todas y cada una de sus motivaciones.

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