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Coincidence — B. Katrina Travers.

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Coincidence — B. Katrina Travers.

Mensaje por Frankie D. Briand el Mar Jul 01, 2014 9:09 am


Septiembre — 16Cº — Callejón Diagon, Flourish y Blotts— 12:30
Frankie compartía oficina con otras dos mujeres que soportaba y, al menos, una de ellas le agradaba, la otra  solía ausentarse mucho, y cuando iba se quedaba dormida sobre el escritorio. Frankie misma estaba esperando el momento de encargarse de los trámites de su despido. Ese día le acompañaba un especial buen humor, ya que la señora en cuestión no había acudido al trabajo. La otra, la señorita Dearborn, era muy educada y servicial, y sabía hacer su trabajo. Se llamaba a sí misma señorita, pero debía rondar los setenta años, era una antigua reliquia del Departamento. Alzó la vista al reloj en la pared, firmando la última carpeta. Cindy Lidewell, hija de muggles, desaparecida. Tenía que derivarlo al Departamento de Aurors. Trabaja dentro de los servicios administrativos del Wizengamot, y aspiraba a ocupar un lugar en el jurado, por el momento se conformaba con ser una empleada de media, a la que tenían bien informada de lo que ocurría. Se había ganado a su jefe, algo que le servía para estar donde estaba. Demasiado joven para estar ahí, muchos se lo habían dicho, pero probablemente bastante más inteligente que los demás. O eso le gustaba pensar. Era ejemplar, eso nadie lo podía negar. Dejó la carpeta en el fichero con las demás, y guardó las plumas en el cajón. El único defecto de Dearborn era que se robaba sus plumas cuando se distraía. Le habría encantado saber qué hacía con ellas, pero no lo descubría. No las escondía en su escritorio, ya había revisado.  

Cathy, empieza mi tiempo libre —avisó a su compañera, que estaba enfrascada en hacer pilas con los naipes explosivos que había dejado sus sobrino en una de las tanta visitas—. Volveré en una hora —recordó. Es significaba que esperaba encontrarla en mejor estado. La mujer asintió y le sonrió. Frankie no hizo lo mismo. Era su hora del almuerzo. La mayoría de los magos regresaban a sus hogares para comer, y volvían, pero ella detestaba estar en su casa, todavía no se había mudado de la mansión de sus padres, y era algo que le pesaba cada día. Siempre, antes de acostarse pensaba en independizarse, pero lo olvidaba al levantarse. ¿Cómo iba a vivir sin elfos domésticos? Sabía que su padre no le dejaría llevarse ninguno. Suspiró. Solía esconderse en un bar cercano que pertenecía unos magos. Vendían tanto comida mágica, como muggle. Sólo los magos podían ver el menú mágico. Aún así,  no le apetecía sentarse a comer, tenía otra idea en la cabeza. Se transportaría hasta el Callejón Diagon, necesitaba comprar unos libros, la lista comenzaba acumularse. Jamás iba al Callejón en Agosto, siempre estaba lleno de críos que salían de vacaciones de Hogwarts. Gritones, problemáticos, ocupando todo el espacio. ¡Qué horror! Por eso sus compras solían retrasarse un mes.

Apareció en la puerta del local. Un viejo muggle le miró más tiempo del indicado, pero como solía pasar, lo olvidó. Había visto algo, pero como todos los seres de su especie, se negaba aceptarlo. Era una suerte que fueran tan estúpidos. Entró con la nariz en alto, mirando con ojo crítico todo el espacio. Sucio, ennegrecido, ¿cómo podían seguir juntándose allí? No quedaban lugares decentes—. Buenos días, Tom —saludó, con una enorme sonrisa falsa—. ¡Señorita Francesca! Qué alegría verla —exclamó, con una clara emoción. Le dirigió una elegante sonrisa antes de continuar su camino. Unos minutos después estaba entre las estanterías de Flourish y Blotts. Le gustaba la paz que se respiraba, pasaba los dedos por los márgenes, buscando el nombre del deseado. Sus ojos de halcón lo divisaron el estante más alto. Sin ser demasiado astuta, intentó alcanzarlo con la mano, pero calculó mal la altura, y acabó empujándolo con dos dedos. El libro fue a parar a la cabeza de una de las chicas que estaba del otro lado. La varita de Frankie fue más rápida—. ¡Wingardium Leviosa! —conjuró. El ejemplar se elevó a centímetros del rubio cabello de Katrina Travers—. Lo siento mucho —se disculpó. El libro viajo hasta su mano con un movimiento de muñeca—. Kat, qué torpeza la mía —sacudió la cabeza—. Qué casualidad encontrarte aquí —comentó. En realidad, no lo era, los espacios mágicos eran pocos, y ese Callejón estaba entre los más concurridos. No era tan sorprendente encontrarla allí, después de todo, ella también trabajaba en el Ministerio, que quedaba a sólo unas calles de distancia.
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Re: Coincidence — B. Katrina Travers.

Mensaje por B. Katrina Travers el Mar Jul 08, 2014 8:35 am


Septiembre — 16Cº — Callejón Diagon, Flourish y Blotts— 12:30
No, el señor Blishwick no se encuentra en ese momento, pero con gusto puedo tomar tu mensaje - la sonrisa en el rostro de la chica parecía tan inocente cuando atendía a aquel mago de edad que cualquiera se la creería, o cualquiera que no estaba acostumbrado a tratar con la rubia, pero no eran demasiados los que eran capaces de distinguir una sonrisa genuina de una sonrisa del repertorio. No era muy de su gusto el trabajar de vez en cuando casi como de "asistente" personal del jefe del departamento, pero creía que era la forma más rápida y fácil de ascender, además que en aquella posición tenía acceso a mucha información importante, de esa que era realmente útil para ella, para lograr sus objetivos, para poder pasar información a su padre, hermano y aquel grupo con quienes se juntaban, y es que pese a que ella no llevase una bandera contra los impuros, si tuviese que escoger un bando este sería claro, y ella siempre estaba en pos de su familia, de su apellido, de su gran linaje como digna primogénita. Aquel día su jefe había estado ausente casi toda la mañana y ella había aprovechado para revisar todos los archivos que encontrase en su escritorio, tenía vía libre para entrar a su oficina ya que solía organizar archivos y aunque algunos cajones estaban sellados, ella había aprendido hace años como burlar la gran mayoría de las cerraduras mágicas, pero no había encontrado nada interesante, lamentablemente era simple papeleo y ya.

No tenía mucho trabajo, no había demasiada gente y la que estaba allí andaba en sus asuntos, así que cuando dieron las doce y treinta del mediodía decidió que ya que no había nada que hacer allí bien podría tomarse unas cuantas horas e ir a comprar unas cuantas cosas al callejón como una nueva pluma, unos cuantos libros y una capa para la fiesta a la que iría con su prometido el fin de semana siguiente. Tomó la red flu dirigiéndose directamente donde Madame Malkin a buscar la túnica ideal y que le hiciese ver como la digna hija de los Travers y futura mujer de Fawley, algo que le obligaba siempre a estar alerta, a siempre estar preocupada de todas y cada una de las cosas. Dos túnicas, un set de tres plumas, tinta y un chiche de esos que solían gustarle a Aaron después la rubia entraba en la librería, saludando con la cabeza y otra de sus tantas sonrisas practicadas al dueño de la librería y al dependiente, pasó de largo sin dejarlos que intentasen ayudarle a buscar lo que compraría, no iba con un título en la cabeza, normalmente se daba un par de vueltas, leía unas cuantas reseñas antes de decidir el que más le llamara la atención, y en el viaje siempre aprovechaba de comprar algo para sus hermanos, aunque no tenía idea si alguno de ellos había leído alguna de las cosas que les había enviado. Estaba demasiado ensimismada como para percatarse de que tenía un libro a centímetros de la cabeza antes de que le rozase levemente el cabello y escuchara la voz a su costado, provocando que girase la cabeza con una mueca algo desagradable en su rostro, mueca que se vio obligada a suavizar al ver quien era - buenos días Francesca - saludó a la castaña a su lado mientras se acomodaba su cabello rubio tras la oreja - no te preocupes, un accidente le ocurre a cualquiera - claro que a ella no solían ocurrirle por lo general, era demasiado minuciosa para todo eso y con su forma de actuar un error podría ser totalmente perjudicial y sacarla del sitio cómodo en el que estaba - estaba buscando algún buen libro para mi, y tal vez algo para mis hermanos - se encogió de hombros con una sonrisa antes de regresar la vista hacia las estanterías llenas de títulos, muchos de ellos no los había escuchado jamás.



   
   
   
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