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Nameless ▬ Snape.

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Nameless ▬ Snape.

Mensaje por Bellatrix W. Lestrange el Dom Jul 13, 2014 4:50 am

* * *

Snape ▬  19:20 h del 12 de septiembre ▬ Cabeza de Puerco


No me explico cómo este sitio sigue abierto.— Masculló, torciéndo el gesto mientras abría la cochambrosa puerta del local. Entró,  sacudió la cabeza ante el 'señora Lestrange' del camarero, haciéndole un gesto con la mano para que se callara.  Aún no se acostumbraba a aquel nombre, que seguía chirriándole en los oídos como si fuese en contra de la naturaleza; porque así era, iba en contra de todo lo que Bellatrix representaba para sí misma. Escogió una mesa al fondo -aunque tampoco es que el local fuera demasiado amplio-, y se deshizo de su abrigo, sentándose en uno de los mullidos taburetes. Alzo la mano, reacia, llamando al camarero.  —Lo de siempre.— Ordenó, en un tono imperativo que no necesitaba forzar en absoluto, sino que estaba ahí, danzando siempre en la punta de su lengua. Esperó a que el mesonero se hubiese retirado, para apoyar los codos en la mesa, y dejar caer la barbilla sobre las palmas de sus manos. El arrastrar de pasos del squib hacía un ruido espeluznante y desagradable. Bellatrix podía imaginar la mugre que cubría aquel suelo, resbalar por los pies del hombre, y en su rostro se compuso una mueca de asco, un poco más pronunciada que la que solía lucir por naturaleza. Se fijó en cómo el tipo se alejaba de ellas con un sonrisa socarrona, y se prometió a sí misma que como los vasos no estuvieran limpios, se encargaría personalmente de despojarlo de sus extremidades, una a una y de forma dolorosa. No, señores, Tom de 'El Caldero Chorreante' no era el único mesonero que se pasaba las normas de sanidad mágica por el ala del sombrero.  

Sus ojos se escabullían hasta el reloj de pulsera que lucía, de cuando en cuando, esperando que la puntualidad no fuese solo una virtud suya. ¿Qué hacía allí? Sería una pregunta inteligente, a pesar de que probablemente a nadie en aquel tugurio le resultase extraña su presencia. No era la primera vez que la recién casada dejaba algún galeón sobre alguna de esas mesas, y cualquiera se atrevería a poner una mano en el fuego porque no sería la última. Las tareas de investigación no eran las favoritas de la morena, pero ella haría cualquier cosa que su amo le pidiese. Amo. Una palabra impensable en relación con la más salvaje de las hijas de Cygnus, la indomable Bellatrix, que se mostró reacia desde bien pequeña a hincar la rodilla en tierra en pos de nadie. Ella, que había aceptado con una sonrisa que ahora tenía un dueño, y que estaba orgullosa de llamarse a sí misma sierva, porque su Señor no era otro que aquel que había desafiado cada límite de la magia, el único, el mago más grande de todos los tiempos. El hormigueo recorrió su espalda solo de pensar en ello. Cada una de sus terminaciones nerviosas vibraron, sin más opción, saboreando la grandeza en el paladar. Y en el antebrazo; allí donde estaba grabada a fuego la Marca que la hacía partícipe de todo aquello.

Un minuto pasaba de la hora acordada, y Lestrange se impacientaba. Necesitaba recabar información, contestar a todas sus dudas internas sobre ese muchacho de nariz aguileña que decía querer pertenecer a la causa. Tenía que saber, a ciencia cierta, en quién podía confiar... y a quién podía destripar, lenta y gustosamente.



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